Planetas que nos borran del universo, ataques nucleares, holocaustos zombies, epidemias. Qué tendrá el 2012 que, mire donde mire, encuentro una película/serie que de una forma u otra escenifica el final de la humanidad y del mundo tal y como lo conocemos. Ah, sí, es por eso de los mayas y su desgana de seguir elaborando calendarios.
¿Se trata entonces de mero oportunismo de Hollywood? ¿O es que esto realmente es un tema que preocupa a directores y guionistas? Apocalíptico o no, si hay algo de bueno que tiene este tipo de producciones –las que merecen la pena– es la capacidad para hacernos reflexionar y, dicho sea de paso, prepararnos para una amplia gama de posibles destinos fatales de aquí a diciembre de este año. Bromas aparte, con Melancholia (2011) ya di por zanjado este género, y no me gusta insistir, pero Perfect Sense me pareció una película tan sobria e impactante que no he podido resistirme.
Título todavía por estrenar en España (estad atentos a las fechas de lanzamiento), el film se centra en la historia de amor que surge entre Michael (McGregor) y Susan (Green) de la misma manera en que surgen muchas relaciones: espontáneamente, sin preverlo, y cuando uno menos se lo espera. El realismo de la línea narrativa principal se ve irremediablemente amplificado y hasta cierto punto distorsionado por el contexto en el que se desarrolla, el comienzo de una terrible pandemia que asolará el planeta entero, ante la cual los científicos están indefensos, y cuyos síntomas son simples pero brutalmente devastadores: la pérdida progresiva de cada uno de los cinco sentidos.
David Mackenzie, director británico desconocido en nuestro país, nos sorprende con una cinta que sobre todo explora la capacidad de adaptación del ser humano a su entorno y a sus mecanismos para percibirlo (interesante muestra del modo de concebir la comida, por ejemplo), a medida que el olfato, el gusto, el oído, la vista y el tacto van disolviéndose a merced de la única enfermedad en la historia de la humanidad que podrá presumir de probarse el vestido de parca y no perecer ante los avances de la medicina.
Firma el guion el impronunciable pero prolífico Kim Fupz Aakeson, escritor y novelista danés, cuyo lirismo subyace en la mayoría de escenas y se personifica en un narrador invisible que recapitula en cada acto la esencia del relato al más puro estilo neoclásico. Sus diálogos tienen por momentos una fuerza heladora, y compondrán junto con la puesta en escena de Mackenzie la espina dorsal de un film que con casi toda probabilidad dejará al espectador estupefacto. Al final, con todo, caerán los créditos, y “se hará oscuro, y si quedara alguien que pudiera verlos, entonces parecerían dos amantes corrientes, acariciándose el rostro, ajenos al mundo a su alrededor. Porque la vida sigue. Así.”
BCA
